LA BOCA ERÓTICA

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Published: Mar 10 Posted Under: Relatos

LEÉME

Solo podíamos comenzar la publicación de relatos en la Web con el relato ganador de la primera edición de nuestro concurso de ralatos eróticos. Dónde Rosa Aliaga conquistó con su "Leéme" al jurado de la edición del concurso de relatos de 2011 compuesto por Silvia Grijalba, Marisa Mañana e Isabel González.

Los que tenemos miedo buscamos oportunidades en el sexo, el deseo y el amor.  Soy una solitaria que colecciona  caricias poco  placenteras y sus poemas me habían procurado, durante los últimos años, un placer sin consumo energético. Hay personas que suceden como obras de arte…

 

 Si aquel día llegué un cuarto de hora antes a la lectura, no fue casual. Porque con casualidades no se cumplen los sueños. Estos necesitan un armazón para no despeñarse por los límites de la realidad y acabar convertidos en simples historias. Yo quería un sueño real y eso me lo había de procurar el escenario, diseñado de forma tan milimétrica que cualquiera diría que en aquella sala se daba ensayo y no ficción.

 

No necesité mucho tiempo. Coloqué la silla de aquel “ángel turbio” en la tarima un poco más adelantada que en otras ocasiones, con el sitio justo para que su cuarenta y dos cupiera sin salirse de la madera; corté los hilos del enchufe de la lámpara que a su espalda daba luz a sus lecturas. Situé  mi asiento enfrente del suyo y allí dejé su libro, me cercioré de que quedase iluminado, como el protagonista de un vodevil, por el foco que había en el techo. Desvié los otros que le acompañaban en la misma dirección.

 

Desde el día que comencé a seguirle, me había sentido fascinada por su forma de leer. No por su entonación, ni por la cadencia de su habla, ni por su vocalización. Me explico: Él se sentaba en su silla y tras colocar la pierna izquierda sobre la derecha, formando un atril, empezaba a monologar sobre la forma de sus palabras. Lo de menos era lo que decía en sí, sino como lo hacía. Mientras hablaba pasaba las yemas de sus dedos por el lomo del libro, acariciaba con los dedos corazón, de arriba abajo, la tapa, o deslizaba su índice, haciendo una suave presión, sobre el canto de las hojas, que recorría de norte a sur. Cuando su piel entraba en contacto con el lomo, yo sentía sus dedos recorrer mis muslos; cuando pasaba su mano por la tapa, se hinchaban mis pezones y cuando, sin dejar de hablar, recorría el canto de las hojas, yo notaba, con cada pequeña presión suya, como mi sexo se lubricaba.

 

 Es cierto que no recuerdo los poemas que leyó. Sí que, al sentarse, se extrañó de tener tan adelantada la silla. Hizo el ademán de echarla hacia atrás pero, tras un titubeo, la dejó donde estaba. Quiso encender la lámpara, pero ésta permaneció apagada y hubo un momento en que pensé que iba a pedir que le trajeran una nueva. Al adelantar el libro que tenía entre sus manos, vio como el foco del techo le procuraba la luz que necesitaba. Ya estaba completamente humedecida, con mis pechos duros y la piel erizada, cuando dejó de hablar y comenzó a leer.

 

Hacía tiempo ya que seguía su itinerario público, sabiéndome invisible para él. De nuevo cuando abrió el libro, con esa forma suya tan delicada, yo sentí sus manos en mis rodillas, abriéndome las piernas. No pude menos que sonreír y ruborizarme cuando, tras acomodarse para que el foco diera en el libro, comprobó que si lo bajaba un poco, un poco más, el haz iluminaba el texto y, al mismo tiempo, lo sobrevolaba hasta hincarse en mi sexo que, como una granada de mano, se le ofrecía a la vista.

 

Dijeron los asistentes que fue el día que peor leyó, que debía ir borracho, que no se le entendía nada de lo que decía y que se saltaba frases, párrafos o inventaba palabras con la vista siempre enfrente.

─  ¿Follamos?

 

Se lo pregunté cuando salió, ya en la calle. No me contestó. Me tomó de la mano, recorrimos unas cuantas calles y, en una oscuridad que no identifiqué, me empujó hasta la pared.

 

Acarició el lomo, pasó la palma por mi tapa, deslizó su dedo por los cantos y, haciéndome girar, me levantó la falda hasta que mi culo se  hizo mapa mundi entre sus manos. Quería que no fuese de esos que eternizan las caricias, que se detienen a cada palmo espaciando el placer, y sí de los urgentes, de los que tan ansiosos en la turgencia, la clavan de inmediato, incluso haciendo daño por no procurarse bien el acceso. Se apoyó sobre mí y sentí como se encabritaba por los impulsos, como un caballo cuando cubre a la yegua. Después, fue bajando poco a poco. Noté su aliento en mi culo y como sus manos lo rodeaban. Después un frío extraño cuando se deslizó dentro.

─ Ya está, dijo. Poseer es el final del deseo.

Y allí quedé, en la oscuridad, apoyada en la pared, con los muslos chorreando y un separador de páginas de Madame Bovary en la raja del culo.

Un relato de Rosa Aliaga.
http://trilceunlugar.blogspot.com/

Este texto fue el ganador del concurso de relatos La Boca Erótica en la edición 2011.

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